El parche es una solución rápida a algo que se ha deteriorado. Desde una cubierta con cámara hasta la protección de una herida, el parche nos saca del apuro y nos ayuda a aliviar la situación. Pero el parche, que es eficaz si se lo usa por un corto período, nos puede impedir ver y hacer olvidar que lo que está debajo de su superficie es lo que debemos mejorar y muchas veces cambiar. El parche deja de ser esa solución temporaria cuando la convertimos en algo de uso permanente y de a poco vamos generando la cultura de lo urgente y superficial. Cuando lo urgente no nos deja hacer lo importante, nos convertimos en bomberos que sólo nos ocupamos de apagar incendios, en lugar de evitar que ocurran. Cuando el parche se convierte en la forma habitual de hacer las cosas, reemplazamos lo excepcional con lo cultural como eje central de nuestra idiosincrasia qué, si bien tiene algunas ventajas como aumentar la velocidad resolutiva, calmar la ansiedad porque hacemos algo, genera sobresimplificación y cortoplacismo y una gran crisis de aprendizaje. El cambio o solución de fondo es la contracara del parche. Requiere más tiempo de análisis, inicialmente es más costoso, crea más resistencia y dificultad para acordar lo que hay que hacer, pero tiene la enorme ventaja de no ser mágico. Para pasar de la cultura del parche a la del cambio es necesario actuar con convicciones profundas. Es necesario un fuerte liderazgo a un altísimo nivel. Poner lo que hay que poner arriba de la mesa y bancar la parada. En materia de HSE, las organizaciones de alto desempeño son justamente las que tienen líderes decididos, las que no vacilan, las que llegan a alcanzar un grado de madurez sostenible porque construyen sobre el aprendizaje. Cuando las compañías no tienen este desarrollo hay que procurárselo a través de los precursores del cambio, que siempre son una minoría más curiosa e insatisfecha con la situación actual, que comienza a sembrar sus ideas y paga el costo inicial de ser rechazada por utopista y desajustada a la realidad. Estos utopistas son los que nos han permitido evolucionar, los que nos han sacado de la edad de piedra, los que día a día pelean con los molinos de viento sin importar el desenlace… los que al final nos hacen mejores. Este año fue maravilloso porque conocí a muchos de esos utopistas realmente dispuestos a desafiar el statu quo. Dispuestos a desaprender para empezar de nuevo, con la necesaria humildad que eso demanda. Líderes que se quitaron las anteojeras para abandonar la mirada de túnel y enfocarse con valentía en la periferia organizacional. Esa que los pone peligrosamente en el centro de la escena. Líderes que ya no quieren más parches… y están dispuestos a operar.
Hoy quiero brindar por esos líderes del 2022, que no son pocos, pero también con el deseo que en 2023 sean muchos muchos más. No se construye liderazgo a través de parches. Y ojo, que acá está en juego la vida! ¡Salud por esos líderes que este año se calzaron los largos!


